“Vente a vivir conmigo, mi amor”.


-Al enemigo de cerca, me dijeron una vez.


Si enumerara la cantidad de cosas que quiero hacer, no terminaría.


Mi lista es enorme, lo cual me emociona.


Con el tiempo se me ha vuelto interminable.


No porque no la cumpla, sino que, por una que sale, pues hay tres que entran.


Pero no siempre fue así.


Más de una vez quedó casi en cero, y no por días.


Por años me dediqué a evitar agregarle “esto o aquello” por temor.


Temía que me lastimaran o peor aún, que no se cumpliera.


En esa época mis días no eran muy interesantes.


Gran parte de mí se dedicaba a poner “el miedo” como excusa.


-No decido “tal o cual”, porque “el miedo” no me deja, repetí más de mil veces.


Estarán de acuerdo en que la vida que no se vive “agota”.


A mí me agotó tanto, que por fin entendí:


-Si no puedes con tú enemigo, únete.


Por eso una tarde de verano simplemente levante el teléfono y llamé al tal “miedo”.


La conversación fue corta.


Bastó un:

-Vente a vivir conmigo, mi amor, para convencerlo.


Tenerlo cerca, necesariamente nos va a llevar a “entenderlo”.


Y a saber que esté o no presente, jamás nos va a impedir nada.


Entendí que el no decidir, es simplemente dejar de vivir.


Y eso, “mis queridas Mujeres”, para nosotras no es opción.


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Bendiciones y gracias por leerme.


Con enorme cariño,

Tatiana


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