"Opera en tres actos". 

“Felicidades”. Es la palabra con la que mi padre responde cuando algo le vale un pepino y ya no le importa.

Comienzo de 1,900, Giacomo Puccini escribe su Opera “Madame Butterfly”. Acto I “Cio-Cio San”, la ingenua japonesa conoce al “oficial” norteamericano Pikerton y se casan. Acto II Pikerton la abandona. Cio-Cio San ha tenido un hijo.

Acto III Pikerton regresa casado con otra. “Cio-Cio San” lo ha esperado. No se repone. Muere.

Acepto la similitud del acto I y II para con la vida real, pero no con el acto III. Han pasado casi 120 años desde que Puccini estreno su magistral opera.

Ya no hay “sillas vacías” para sentarnos ha esperar que regrese nadie. Las pocas que habían, se ocuparon con nuestras madres y abuelas, quienes se consumían ante la trágica espera.

Si él “oficial” de nuestra vida decide irse, estamos en la obligación para con nosotras mismas, de pintarnos la boca y seguir caminando a buen paso con la frente bien en alto.

Recordando siempre, que sí algún día regresa, lo único que tenemos que hacer es reescribir de la manera más corta el Acto III de nuestra Opera. Basta con una palabra: “Felicidades”.

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