“No vinimos a aplaudir”.


Una cosa es ver el show desde las gradas.


Otra muy distinta es “actuarlo”.


Y al final es eso lo que define nuestra vida.


Entérense de una buena vez, que si les apetece hacer un cambio, encontrarán resistencia.


Supongo que para nuestra familia, opinar, sugerir y hasta intentar decidir, es normal.


A lo mejor son así, por ser latinos.


O tal vez es porque ante sus ojos siempre seguiremos siendo esas frágiles mujeres que no pueden ni con su vida.


Y a mi la verdad me vale un “comino” como me vean.


Me importa como me veo yo.


Y la “yo” que llevo dentro, hace mucho se canso de ser correcta.


Se aburrió de encajar.


Eso de sentarse y aplaudir desde las gradas las vidas y hazañas que no se atrevía ni a soñar, se le atraganto y le supo amargo.


La realidad es que los que se meten no lo hacen porque nos quieran, lo hacen por metidos.


Y el mejor ejemplo es mi mudanza, que ha dado para hablar.


Me han dicho desde, - que como se me ocurre salir de un pueblo a una ciudad.


Hasta que ya no tengo edad para tanto cambio.


He oído comentarios desde mi padre hasta mi hijo.


Todos preocupados, seguros de saber lo que en “realidad” me conviene.


Echar tres “chiros” en una maleta, mientras pongo mi carro en venta y no paro de pintarme la boca, me ha llevado a conocerme.


En este proceso he aprendido que el único error imperdonable en nuestra vida, es seguir sentadas aplaudiendo los atrevimientos de los demás.


Eso de evitar equivocarnos, con tal de ni despeinarnos, es tragarnos a pedazos cada sueño.


Así que opté por dejar de justificar el porque me quiero ir, entendiendo que hace mucho crecí.


Y que si de niñas no le temíamos a la oscuridad, pues de adultas menos a la realidad.


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Que Dios te bendiga tan enormemente como hoy lo hace conmigo, al permitirme ser leída.


Con enorme cariño,

Tatiana





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