"Mujer sin Equipaje"

Actualizado: ago 6


En Londres

Mi vida no siempre fue como es hoy. No siempre pude sonreír, y fueron muchos los planes que se me esfumaron, pero aprendí que lo trascendental no es lo que nos sucede, sino lo que hacemos con aquello que nos sucede.


Entendí que: .... "Si la sigues, la consigues".


Me di cuenta que sí se puede cambiar la vida, y es por eso que de corazón quiero que también cambies la tuya.


Mi primer libro se llama Mujer sin Equipaje, lo empecé a escribir cuando toqué fondo. Mi tercer esposo me había abandonado, no tenia donde vivir y me sentía completamente avergonzada por lo que me estaba pasando.


Estaba deprimida, desolada, sentía que los mejores años de mi vida se habían ido, y no tenia idea cómo seguir y salir de donde estaba.


En tres años mi vida dio un increíble giro, y es por eso que hoy te quiero compartir parte de mi historia, porque si yo pude, tu puedes....





Sinopsis


Mujer sin Equipaje es una historia de Superación Personal en la que reirás y llorarás, pero jamás quedarás indiferente, porque trata de La Vida misma.


Una Vida en la que muchos sucesos son y serán incontrolables, pero a medida que la vives entenderás que Tienes la Fuerza de Cambiarla.

Fragmento


..."Cuando un Jardinero abandona su flor, la flor florece con su recuerdo.


De mis matrimonios aprendí, entendí, y con resignación terminé aceptando que generalmente estamos en situaciones que nosotras mismas nos hemos colocado y seguiremos en ellas, nos gusté o no, hasta aprender una lección de vida. No podemos saltarnos pasos o intentar que alguien más resuelva los problemas que nos corresponde solucionar a nosotras.


Este libro lo empece a escribir a medias tintas, escogiendo, cuestionando y hasta deliberando que tanto debía poner. Finalmente fueron mis recuerdos los que se alinearon y poco a poco formaron palabras que cuentan hoy mi historia. Una historia que completé cuando entendí que tomar la decisión de cambiar lo escrito y lo vivido, seria como pretender cambiar el pasado, y eso mas que incorrecto es imposible.


Me he casado tres veces, divorciado dos y separado una. ¿Amantes? Pongan un número, quedaran cortas. He sido golpeada, abusada, amada, deseada y admirada. Esta es mi historia. Una historia increíblemente maravillosa porque es la mía. No me tocó vivirla, escogí vivirla. Por ella me he jugado el todo por el todo y cada día sin pensarlo dos veces me lo sigo jugando. Es una historia de la que estoy orgullosa, me ha llevado a ser quien soy, y hoy soy yo misma. ¿Cambiaría cosas? Quizás sí, nada trascendental, pero para ser honesta la dejaría tal como la viví, con errores garrafales y aciertos fenomenales como lo son mis dos hijos..."





Una parte de la historia.....


"De ese primer encuentro con mi segundo esposo me llevé que en el amor no hay prototipos. Este hombre era lo opuesto a mi primer ex esposo. Bajo de estatura, amaba los niños y no bebía.

Le di mi celular. No me dio su teléfono, pero poco importaba, sabia dónde trabajaba. Nos despedimos. Me fui a Europa, regresé y empecé a llamarlo mañana, tarde y noche hasta que una de mis llamadas coincidió con una de sus escalas.

Él jamás marcó mi celular, le parecían costosas las llamadas a teléfonos móviles. Tuvimos tres o cuatro citas en las que me bastó para tener un amplio panorama de todo lo que en un futuro me negaría a ver.

Panameño, hijo de padres divorciados, el menor de cuatro hermanos, todo normal.

Vivía con su hermano mayor y su pareja, nada de particular, soy de mente abierta, para gustos los colores. Pero la admiración con la que hablaba de su hermano, el preferir brindarle más comodidades que así mismo, sentirse responsable por su futuro y sobre todo el defender que a pesar de tener cuarenta años, no se sintiera listo para trabajar, y fuera él quien le cubriera desde gimnasios, estrenos en cines y absolutamente todos los gastos del apartamento compartido, si debió llamar mi atención.

Desde el inicio él se mostró tal cual era y yo me encargué de aferrarme a la parte que de momento necesitaba para continuar.

Como ejemplo recuerdo una de esas tres o cuatro citas que tuvimos antes de irnos a vivir juntos; él venía de viaje y lo esperé a la salida del avión, quería sorprenderlo. Aprendí lento que con mi segundo esposo no cabían las sorpresas.

Tras un incipiente saludo siguió conversando con la mujer que había conocido en el vuelo. -Apenas tonterías, pensé; ya habrá tiempo de compartir. Insistí y “bastante” para organizarnos.

En mi raciocinio solo cabía una simple lógica, -si igual estamos enamorados, da lo mismo irnos a vivir ahora que en unos cuantos meses. Me encargué de buscarle solución a todo.

¿Vivienda? -Ese no es problema, múdate conmigo, le dije. Mi madre y yo acabábamos de comprar una casa a plazos en la barriada San Antonio; estábamos recién mudadas.

¿Muebles? No te preocupes, yo tengo. Si igual ya los había compartido con mi primer esposo, porque no volver a hacerlo en una relación con alguien que sí quería hijos.

No le consulté a mi madre, un viernes en la noche al regreso de su trabajo lo vio instalado en casa, y aunque le hubiera preguntado no habría puesto objeción, se llevaron bien desde el inicio.

Entró a mi vida con dos maletas de ropa y mil promesas maravillosas haciendo que los hechos sobraran.

Irnos a vivir juntos provocó incomodidad en su familia, no porque yo fuera yo. Hoy sé que nada fue personal, simplemente se acortaba el aporte económico que él les daba, adicional a que su hermano mayor se vería desprovisto de todo.

No teníamos dos meses juntos cuándo quedé en cinta de un hijo profundamente deseado, amado y esperado por ambos.

Cuando confirmé mi embarazo él estaba de viaje, se enteró por teléfono. Según mi padre huiría, no volvería y yo sería madre soltera. No fue así. Regresó a Panamá en el primer vuelo, venía feliz.

Teníamos mil planes, todos hermosos. El paso de los años me enseñó que eran difíciles de ejecutar y gran parte no se realizarían.

El incremento de mis gastos médicos conllevó la disminución del dinero aportado a su familia, negándose a cumplir la obligación auto impuesta de pagar parte de la universidad de su hermana. Trayendo como resultado un mayor distanciamiento al que dé inicio ya había para conmigo.

Nuestra relación marchaba lo bien que yo quería ver. Si le llamaba jueves, viernes o sábado en la noche, estando de viaje, jamás respondía.

La excusa cuando preguntaba era qué se quedaba en hoteles sencillos sin recepción en las noches.

Tampoco presté atención cuando durante mi embarazo miraba otras mujeres. Aprendí a volverme despistada, a no darme cuenta de nada que me entristeciera.

La primera vez estaba regresando a mi trabajo en la aerolínea, venía de una de las tantas hospitalizaciones que tuve al ser embarazo de alto riesgo. Él había ido a saludarme y de paso ver con gran admiración a una de mis compañeras, sin darse cuenta, que quien estaba detrás era yo.

Un lunes 5 de junio del año dos mil, tras casi catorce horas de labor de parto nació nuestro hijo.

Iniciamos lo que parecía la rutina normal de cualquier familia. Pasaba mi tiempo cuidando al bebé y enseñándole mil cosas, esa etapa de ser madre me llenaba enormemente.

Él continuó con su trabajo y la frecuencia de sus viajes se intensificó, hasta que...

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Otra parte de la historia...

La rutina que compartía con “El Jardinero” vista desde afuera consistía en una rubia que despertaba y abrazaba a un hombre que corría al jardín a cortarle las flores más preciosas, tomaban un café de prisa y la acompañaba a la puerta para despedirla agitando la mano hasta que se le perdiera en la distancia, para visitarla en la tienda de café a la hora del medio día, compartir un almuerzo y luego esperarla al caer la noche en la puerta con más flores.


A lo interno las cosas cambiaban con pequeños detalles imposibles de percibir para quienes nos rodeaban. El punto más crucial era en la mañana recién me despertaba. Si llegaba a apagar la alarma, contestar alguna llamada, o levantarme incluso para ir al baño antes de abrazarlo, se incomodaba y cualquier plan quedaba cancelado.


No recuerdo peleas, pero sí su incomodidad cuando se encendía la televisión o se escuchaba música en el auto, así como cuando mis hijos entraban a nuestro cuarto a contarnos sobre su día. Insistía en que el tiempo que conversaba con ellos debía ser medido por reloj.


En general su molestia se daba por cualquier interacción que involucrase a alguien a parte de mí. Todo dependía de lograr cumplir sus pequeñas pero hasta cierto punto difíciles exigencias, sobre todo si vives en comunidad, tienes hijos adolescentes, un trabajo y en general eres un ser sociable con familia y amistades.


Había mañanas perfectas en que recordaba abrazarlo aún antes de abrir los ojos, le avisaba cuando me iba a duchar, mis hijos conversaban lo mínimo y entonces me sorprendía con planes que iban desde un viaje a Inglaterra con hospedaje en un castillo tipo cuento de hadas, hasta la compra de un precioso convertible que me traería desde Italia, o la búsqueda de Colegios para señoritas de alta alcurnia a los que asistiría mi hija. Planes que no se cumplían y terminaban abruptamente al instante en que sonaba mi celular y lo contestaba antes de abrazarlo, o si mis hijos entraban a nuestro cuarto y se sentaban en la cama a conversar.


De su parte no había discusiones o reclamos, pero sí constantes cambios. Pasábamos literalmente de planear vacaciones en castillos un lunes, a cancelar todo el martes, si se presentaba algo fuera de lo perfecto.

Para mi hija “El Jardinero” representó lograr ver mi lado vulnerable, ese lado medio tonto que todas llevamos dentro cuando nos enamoramos y nos toca coger la escoba para recoger los pedazos de corazón que nos dejaron. Para mi hijo “El Jardinero” fue diferente. Convivir con él le dio la seguridad que necesitaba. Sus palabras fueron algo así como, -mamá, no sé si para ti lo mejor fue casarte con él, pero para mí sí, y te lo agradezco. Para mí “El Jardinero” representó mil cosas. Mil sentimientos, mil renuncias, mil formas de amarlo, mil súplicas de que no se fuera, y al final mil formas de aprender realmente a conocerme.


Para “El Jardinero” a ciencia cierta nunca podré afirmar que llegamos a representar nosotros tres. Quisiera creer que mucho pero no me engaño, sé que no fue así. Al año exacto se despidió...