“Las decisiones se toman de a dos”.



Ustedes me preguntan ¿Cómo es que decido esto o aquello?


Les confieso que lo más maravilloso de crecer, es atrevernos a hacer lo que se nos da la gana.


En mi caso, va desde levantarme a las 3 y tantas de la madrugada a escribir, hasta empacar dos trapos en una maleta y partir.


Para las que muy sorprendidas, boquiabiertas aún no me creen, no se asusten porque no siempre fue así.


Quisiera decir que pasé días enteros siguiendo las curiosas reglas de otros, pero la historia tampoco va así.


Me dediqué a seguirlas más bien por décadas. Eso de creerme que ya era grande e independiente me costó.


Mi vida pasaba entre silenciosos monólogos en los que me decía cosas. Cosas desde serias hasta tontas que quizás mucho quería. La realidad era que, tanto a las serias como a las tontas, seguían siempre las frases de “cajón”. Tan de cajón, que yo me las creía. Y es que en voz de mando o melodiosa, los demás me recordaban que “sabían lo que era mejor para mí”.


Los extraños no eran ellos.


La extraña era yo que lo creía. Lo hacía sin cuestionamientos, convencida que así tenía que ser.


Y peor aún, hasta aliviada de que alguien, que no se llamará “Tatiana”, tomará el control de mi vida.


Afortunada yo, de tener siempre cerca algún “fulano de tal”, que fuera sabio y erudito.


Hoy, mi hacer lo que me da la gana se traduce en tomar decisiones “de a dos”.


Y de a dos no es en pareja.


De a dos, es bien simple.


Primero toman una y luego otra.


La primera de esta semana la tomé en el espejo, cuando sonriente vi mis canas.

La otra “embutiendo” botas y sombreros en una maleta.


Y es que el mes entrante me mudo, pero no de casa. Me mudo de País.


Me voy con apenas lo que me cabe en una mano, porque en la otra llevo a mi querida hija, a la que yo llamo “Agustina”, no porque sea su nombre, sino apenas por fastidiarla.


Mi destino es Bogotá.


Viviré en “La Macarena”. Comeré buñuelos y postre de natas. Almorzaré ajiaco y beberé “refajo”.


Ni el peso ni la figura me preocupan. Y es que estoy a nada de cambiar mi flamante auto rojo por una bicicleta; cuando esos 2.600 metros de altura a los que estaré, me permitan pedalear.


Regresar a Bogotá después de 35 años es muy fácil. El verdadero reto será mi otra decisión.


La que les dije que tomé en el espejo.


Y es que aún me pregunto, ¿Cómo me veré sin tinte y repleta de canas?


¿Qué cambió?


Nada cambió.


Nada en nuestra vida tiene que cambiar. Somos nosotras las que, gracias a Dios hoy podemos decidir.


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Con enorme cariño,

Tatiana

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