“La coartada perfecta”. 

-Son más de las 2 de la tarde, sigue durmiendo, dijo mi hermano.

En esta semana tan “poco convencional” los insomnios han estado presentes.

Si me preguntaran porque estudie Derecho, mi parte “lógica” daría mil motivos.

Diría que por prestigio, por renombre, status, dinero, y mil vainas más.

Mientras que los “personajes” que viven en mi imaginación, indignados gritarían la verdad.

Asistir a “reuniones familiares” representaba uno de mis más grandes temores.

La familia es ese extraño grupo de personas que en ocasiones especiales, siempre quiere estar con uno, y uno no termina de entender porque.

Engañar a la familia no es fácil.

Generalmente son personas listas, y además nos llevan una ventaja “injusta”, nos conocen de siempre.

Asistir a una reunión familiar me obligaba a poner en orden “mis mentiras”, con el único fin de encontrar la “coartada perfecta” que les demostrará que yo, tenía “la vida perfecta”.

Inventaba unas experiencias tan inverosímiles como patéticas, que este grupo de maravillosas personas se sentaba a escuchar, sonreír y finalmente callar.

Callar, por el enorme amor que me tienen y siempre me han tenido, simplemente para hacerme sentir que lo había logrado.

Tenía la coartada era perfecta. Lo increíble de la vida es que siempre nos da la oportunidad de ser nosotras mismas. Y tras el largo abrazo que todos nos dimos en Boquete en una transición que aún no estamos claros como llevaremos, me insistieron en que les acompañará.

Acompañarles, para mi cansada y adormilada mente significaba que debía manejar mi auto como mil horas, siendo ya de noche.

Pusimos una bolsita pequeña con un par de cosas, nos dimos la bendición, rezamos uno que otro Padre nuestro, y le dimos volumen a la “plena”, como se le dice en Panamá a “esa clase de música”.

-Estás bien mamá, me preguntaba mi hija al sentir que las horas pasaban y Colón, la ciudad a donde íbamos parecía alejársenos cada vez más.

Llegamos a la madrugada, nos estaban esperando.

Me dieron una copa de vino, se sentaron tan sonrientes como siempre, y mi mente dijo, pregunten…

Pregunten, porque los amo y pregunten porque finalmente entendí que ustedes en mi vida son tan “grandes” que no necesito coartadas.

Me aman y ya.

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