“De todo lo que en su momento me avergoncé”.


Crecí convencida de que todo tenía que ser “aplaudible, elogiable y admirable”.


A groso modo pasaba revista sobre mi vida y todas mis acciones por mínimas que fueran, se dividían en dos bandos.


En “lo contable” iban mis logros.


Y en “lo ocultable” pues lo demás.


Con el paso de los años y el peso de las apariencias, el estándar subió tanto que, “lo contable” disminuía día con día.


Mientras que “lo ocultable” crecía como un monstruo aunque no le alimentará.


La sensación que me producía me llevaba a tener contacto frecuente, con uno de “Los personajes que viven en mi imaginación” que más detesto.


-“La vergüenza”.


Nunca nos hemos llevado bien, conversamos poco.


Y es que cuándo la escucho, terminó inevitablemente sintiéndome como un “guiñapo” humano.


A ustedes les tengo confianza, y como gracias a Dios, y solo a Dios, tengo la fortuna de ser una mujer que anda “sin equipaje”, les contaré las que fueron “mis dos grandes vergüenzas”.


La primera se dio a mis 20.


Me avergonzaba que supieran que no había terminado la secundaria, así que mentía diciendo que me había graduado.


Mentí tan bien que me lo creí y así seguí hasta que mi tía me matriculó en “La Nocturna Oficial de Colón” y allí terminé.


A mí maravillosa tía, y a la enorme vergüenza que me daba, andar a los veintitantos aún “uniformada y de colegio”, debo el título de Abogada.


Mi segunda vergüenza, para quienes me conocen, no será difícil de adivinar.


-La partida del famoso “Jardinero”.


Su despedida me hizo volver a tratar con “la vergüenza”.


Oír lo que me decía además de doloroso, era insensato.


Y es que “la vergüenza” es tan egoísta que nunca se ha interesado en nuestros verdaderos sentimientos, ni en lo que es bueno y sano para ninguna de nosotras.

A gritos me pedía rogar y rogar, con tal de que “los demás” no descubrieran que estaba sola.


Tengo mis momentos de lucidez, algunos dirán que no son muchos.

Pero la ventaja es que cundo los tengo, los tengo.


Y en mi gran momento de lucidez me di cuenta de algo:


-No era la primera mujer a la que dejaban, tampoco sería la última.


Y aunque así hubiera sido, ¿qué?


Entendí que “la vergüenza” no nos convierte en nada.


Las únicas que tienen el poder de convertirse en “esto a aquello” somos nosotras.


A mí segunda vergüenza le estaré eternamente agradecida porque me permitió conocerlas.


Pero antes de conocerlas, me permitió lo más difícil, que fue conocerme a mi misma.


Entenderme, comprenderme y hasta absolverme, liberándome de cuanta culpa inexistente había recogido por el camino.


Incluso me volví benevolente con todos, pero principalmente conmigo misma.


El haberme avergonzado de que me dejaran, me movió tanto que terminó comprometiéndome mental y físicamente a pavimentar un camino.


Un camino en el que las vergüenzas llegan a ser tantas, que lo único que resta es sacarlas a la luz.


Soltarlas así como soltamos “el equipaje”, por obsoleto y porque estorba.


Estorba para poder tomarnos de la mano y seguir todas juntas muy sonrientes, ayudando a otras tantas, a vivir “sin equipaje”.


❤️🙂❤️


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🙂❤️🙂


Estoy trabajando en un Programa muy bonito que Dios primero lanzare la próxima semana, en el que te ayudaré a dejar de cargar tú “equipaje emocional”, soltar tú pasado y recuperar tú autoestima.


❤️🙂❤️


Muchas gracias y bendiciones.

Con enorme cariño,

Tatiana

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