“Cambiando la categoría de horror a honor".


Si les preguntara si han tenido una relación difícil de olvidar, la respuesta de algunas sería si.


En mi caso ya saben cual, así que no lo diré.


Mejor les contaré un poco cómo lo superé.


Empezaré asegurándoles qué detesto la memoria selectiva.


Esa memoria que se encarga de clasificar uno a uno nuestros recuerdos, archivándolos en una especie de categorías.


Los míos se archivan de manera profesional.


Tan profesional que por algún tiempo no aparecen.


Se han guardado por el simple hecho de hacerse presentes en mis momentos de debilidad.


Y ¿Cuándo son esos momentos de debilidad?


Pues cuando el corazón de tanto amor e ilusión se me parte y queda casi casi irreparable


Ahí aparece mi memoria selectiva recordando y casi que hasta restregándome en la cara, lo idílica y perfecta que era “esa tal relación”.


Si tuviera que explicarlo, diría que es como ver una película compuesta por recuerdos.


No todos, apenas los que contienen las rosas y las cenas.


Pasando obviamente por notas de amor, dedicación de canciones y promesas.


Promesas de mucho “bla bla bla” incumplido.


Ante la impotencia que me generaba estar siendo la espectadora del mismo cine, decidí crear mi propia película.


Lo hice porque me di cuenta que entre tanto "recuerdo perfecto”, lo único que lograría sería perderme en el desespero.

Tomé toda la película que mis memorias habían fabricado y fui “tras bastidores”.


Hice un film menos romántico y más científico, basado en evidencia.


Sustentado en todos esos momentos de los que no quedaron fotos, pero quedaron marcas.


Edité y simplemente guardé para los momentos de extrema supervivencia.


Esos a los que yo llamo “los del llanto”.



Tan pronto recordé la maravillosa cena en el restaurante tal por cuál”, mi famoso film me mostró las escenas cuando me partí el tobillo y el protagonista jamás se inmutó en acompañarme al médico.


A la parte en la que estábamos de compras en Roma, automáticamente le correspondía la triste escena en Marsella.


Una de las peores partes, en la que se pretendía que mis hijos nos esperarán parados afuera del restaurante, en lo que se pretendía sería una cena.


Y que ante tanta insistencia, terminó aceptando que entrarán, pero sentándose aparte.

A los aretes de perlas que tanto quería, correspondía la parte de Glenda.


Glenda era mi simpático chiguagua bebe, que tras orinarse dos veces, fue regalada, sin que valieran llantos ni súplicas.


A nuestros planes de exóticos viajes, viene automáticamente la escena en la que me deja sin casa.


Y así sucesivamente.


Entendí que de seguir aceptando como “únicos” los recuerdos que mi mente me mostraba, toda mi vida se convertiría en una película de horror.


Una siniestra película de terror en la que la protagonista va directo al despeñadero.


Sin que nada ni nadie la pueda ayudar, porque es ella quien debe decidir salvarse.


Entendí que tenemos la capacidad de cambiar nuestras memorias.


Y que cambiando las escenas, cambiamos la categoría de nuestra película.


Convirtiéndola en un film de “honor”.


Honor a nosotras mismas y a quien somos.


Pero sobre todo a la increíble Mujer que seremos.


💝💝💝


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Bendiciones y gracias por leerme.


Con enorme cariño,

Tatiana


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